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MI LUCHA
jueves, 15 de mayo de 2008
Que no se asuste nadie; no me he vuelto loco
del todo, ni estoy peleado con el mundo, ni tampoco me he asociado
con lo más granado del nacionalsocialismo. Nada de
eso parece haber sucedido, por fortuna. La lucha de la que hablo
hoy, mi desesperado anhelo por pisar la cima del Annapurna, es pacífica
y espero que noble, apasionada y también quizás algo
rebelde, aunque jamás a cualquier precio. La lid a la que
me refiero hace que llevemos casi 30 años preparándonos
para cuatro días de escalada, muchos meses de entrenamientos
específicos con la mente puesta sólo en una cosa,
y también ya más de 70 días en Nepal La espera
de las condiciones adecuadas está siendo tensa y larga, pero
se supone que el objetivo, de primera categoría, así
lo merece. Aunque no hagan mucho caso cuando lean por ahí
que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hacho
nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla;
a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos,
y después continuar nuestro camino agradecidos.
La lluvia golpea con intermitente suavidad
la tienda del campo base mientras escribo, ahora en mayo ya sólo
nieva durante la noche. Pienso en los días pasados en la
montaña últimamente, en medio de la tensión
propia de la escalada más difícil de mi vida y rodeados
de dificultades en las relaciones personales. Grietas, avalanchas,
tormentas, broncas con algún compañero
no se
puede decir que nuestras vidas sean anodinas. Alguien definió
con acierto al Annapurna como la personificación geológica
de la angustia. Yo añadiría sin dudarlo el desamparo
y la amarga sensación de ser el último habitante de
este planeta. Cuando te plantas debajo, descubres que da igual que
pises la cima o que no lo hagas, nada va a cambiar en ambos casos.
Esa cima que centellea con rabia sólo mide con exactitud
nuestra propia vanidad, nuestra impermanencia irremediable. A veces
me gustaría ser libre de mis propios deseos, como un budista
cualquiera, y ser feliz sólo contemplando la belleza de lo
que me rodea, sin necesidad de escalarla. Pero esta una montaña
fantástica, y yo un hambre débil, y el deseo ha crecido
tanto que ya es difícilmente controlable sin amenazas. Esperamos
ansiosos el OK por parte de los meteorólogos suizos que,
vil metal mediante (son suizos pero no idiotas), nos ayudan con
sus previsiones.
Decían los guerreros japoneses, samurai,
que la mayor victoria es vencer sin pelear. No sé si aquí
podrá ser así. Por ejemplo, nuestros cuatro compañeros
rusos, que han peleado como jabatos y vuelven sin la cima, ¿derrotados?
Doce días han transcurrido desde su salida del campo base
y su regreso, y cada uno de ellos parece una persona diferente,
consumidos hasta el alma. Se van ya para casa, tristes, pero en
sus ojos puedo adivinar un brillo que los míos todavía
no tienen, pero espero que pronto posean. Será sólo
después de la lucha.
Hoy no puedo terminar sin mandar mis mejores
deseos a Mikel Bidaurre y a su padre, mi amigo Aurelio, que se hallan
ahora ante una montaña mucho más difícil que
cualquier Annapurna. Sabéis que podéis contar con
mi cariño, admiración y lo que sea que yo pueda hacer
por vosotros. Los seminómadas tibetanos, cuando en su sempiterno
caminar alcanzan una cima o cruzan algún alto collado, gritan
al viento Lho Gyelo (Los Dioses han vencido).
Vuestra lucha no ha hecho más que comenzar, pero estoy seguro
de que vosotros también venceréis. Ánimo y
coraje desde nuestro Santuario.
Iñaki Ochoa de Olza.
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