WLADIMIR ES UNA LEYENDA
Cuando abordamos el helicóptero que ha de trasladarnos al campo base inferior del Makalu, sabemos perfectamente que nos encontramos ante uno de los momentos más críticos y peligrosos de la expedición. El vuelo, de 30 minutos de duración, se va a desarrollar a una altitud de hasta 5600 metros, que es el techo absoluto de la máquina, y rodeados en todo momento de montañas muy altas, de un universo inerte de nieve y hielo que amenaza con tragarnos para siempre.

Grupo hacia campamento base
Grupo hacia campamento base
A la puerta del aparato, de fabricación rusa, nos espera un tipo de la misma procedencia, que esboza una media sonrisa glaciar al ver nuestras acongojadas expresiones. El es EL PILOTO, así con mayúsculas, y de su pericia dependerá nuestro pellejo. Responde al nombre de Wladimir Kaleshnikov, tenía que ser algo así, y es el número uno en su negocio.

Ambos, piloto y aparato, han forjado su leyenda desde la guerra de Afganistán, (la de hace 25 años, no la de ahora) con miles de horas de vuelo, primero en combate y después en rescates y traslados de montaña como el nuestro. Para mí se trata de un vuelo emocionalmente impactante. Hace dos años, un helicóptero con 9 personas a bordo desapareció sin dejar rastro mientras hacia este mismo recorrido. En el viajaban mis amigos nepalíes Sarki Sherpa y Nima Dorje Tamang, que murieron en el accidente. El segundo de ellos había sido mi cocinero en 8 expediciones, y a él le debo casi todo lo que sé de este país, de su gente y su lenguaje.

Cuando Wladimir se sienta a los mandos, no sabe nada del tiempo que hace por el camino o de la fuerza del viento en la zona de aterrizaje. Todo será a vista , sin concesiones a la duda o a la desesperanza. Él es un maestro, y como en toda actividad humana que alcance el grado de arte, resultará un placer no exento de nervios verle trabajar. Juega con el terreno, sube o baja 200 metros cuando lo necesita, y espera paciente a que las nubes dibujen un hueco por el que descendemos hasta el llamado campo base Hillary, a 4800 metros. Ya no nos quedan uñas que morder.

Veo los rostros satisfechos de mis amigos, y supongo que serán un reflejo del mío propio. Mi compañero Alex, este joven vizcaíno de 22 años que se ha traído 40 discos de música punk, 30 pares de calzoncillos (“para no andar lavando”, aúpa Lemona) y ningún libro. Los demás también están contentos. El ecuatoriano Iván Vallejo, que subió dos veces al Everest sin oxígeno, y que te llama “hermano” cada vez que se dirige a ti. O el alemán Peter Guggemos, quizás un poco descentrado entre tanto hispánico cachondeo. Y el yanki Joby, el guapo oficial del grupo ,sereno y tranquilo, que será de él sin chicas. El último de ellos, el también navarro Ricardo Valencia es paradójicamente al que menos conozco, aunque puedo asegurar que come como un búfalo y duerme (y ronca) como un oso. En él hay un cierto despiste, que me hace pensar que quizás acabe subiendo al Kanchenjunga o al Lhotse y no al Makalu.

Mientras estrechamos la mano de Wladimir y le vemos alejarse, poco a poco estiramos al máximo nuestros cuellos para intentar abarcar con la vista la inmensidad de este gigante que ahora domina nuestras vidas. Alguno dirá:


- Bueno, ya sólo falta subirse ahí.

Es lo que tiene esto de escalar en el Himalaya, la simpleza.